LO MEJOR DE LA SEMANA

lunes, 4 de febrero de 2013

La memoria histórica de los animales

Plaza de España de Montoro, en la Calle Alta se observa la espadaña de los carmelitas. Años 30.
Fuente: Archivo José León Solís. Fototeca Pasión por Montoro
Francisco Aguilar Pérez
A todos aquellos que perdieron, pierden y perderán lo más sagrado que posee el hombre por la sinrazón humana de la guerra, en especial a José María Mateos, Jaime Carretero, Eliseo Durán y Ramón Pérez, todos ellos padres carmelitas del convento de Montoro.

Estoy próximo a que mis ojos se cierren por última vez sobre esta tierra, lo presiento. Mi corazón está al filo de apagarse tras una dilatada vida, ese es el poderoso motivo por el que vuelvo algunas tardes a esta atalaya roja donde nací, doy rienda suelta a mí memoria, pongo mis recuerdos en orden, quiero estar preparado… 
Carmelitas de Montoro junto a un grupo de escolares en el patio de la Calle Alta. 1934-35.
Fuente: Archivo Paco Alba Fregenal. Fototeca Pasión por Montoro
Vuelvo entre recuerdos, el primero es de este hueco confortable donde desperté al mundo aquella noche, fuera soplaba un viento fortísimo y desapacible, la lluvia caía copiosamente precipitándose al vacío tras escurrir sobre esta misma piedra roja. Las tinieblas y lluvias por fin dieron paso a una intensa luz grisácea, la percibí justo en el momento que mis padres salieron; ella a desentumecer los músculos; él a buscar algo de comida para nosotros. Poco después pude dar unos vacilantes pasos al exterior; contemplé la mañana más espléndida y luminosa que jamás he visto. Estábamos encaramados en esta mole maciza que apunta al cielo como un ciprés de piedra, escudriñamos todo desde esta altura; abajo, un pueblo blanco y rojo; al fondo, una llanura verde sin fin que se elevaba progresivamente; atrás, un mar tempestuoso de olivos limitado por una franja oscura de montañas. Un Gran Río nos rodeaba abrazándonos casi por completo. El sol empapaba el paisaje, ofreciendo mil y una tonalidades. Las casas de campo del hombre salpicaban como espejuelos toda la tierra que nos rodeaba, algunas se camuflaban con el color rojizo del suelo al otro lado del Rio, en la Sierra.
Pequeña biografía del Padre Eliseo Durán
Archivo: Hnos. Aguilar Pérez.
Nuestra morada de ramas y hierba estaba embutida en este hueco de piedra hoy vació, en la cúpula de este alto edificio de noble severidad y austera belleza, estaba orientada al sur, así aprovechábamos en invierno los calientes rayos del sol, a la vez que se nos ofrecía una vista privilegiada de lo que ocurría en el espacio abierto y rectangular que se extiende ahí abajo. Las primeras salidas por las cornisas de piedra fueron una experiencia de equilibrios y juegos sin fin, aprovechábamos las ráfagas de viento para fortalecer las alas, hasta que un día me decidí a lanzarme al vació, caí en un gran tejado; lo que me costó volver otra vez con mis hermanos. Aquella primavera y aquel verano fueron quizá los mejores de mi vida, despertaba a la vida y todo era nuevo, descubríamos el mundo al que teníamos que enfrentarnos. Por fuerza teníamos que aprender a convivir con los hombres; porque intentar comprenderlos es una tarea imposible. Lo peor que llevaba era ese insoportable ruido metálico de ahí abajo, nos contaron mis padres que rige la vida y la muerte de los hombres. Recuerdo que en uno de aquellos primeros días apareció en el cielo un artefacto sin alas, enorme, alargado y puntiagudo en los extremos, en su panza tenía un habitáculo donde los humanos saludaban alegremente, parecía mentira que pudiera elevarse una cosa así en el cielo.
Padres carmelitas de Montoro. 1934-35. Fuente: Hnos. Aguilar Pérez. Fototeca Pasión por Montoro
En otra ocasión irrumpió en el espacio abierto de abajo una nerviosa muchedumbre alrededor de unas figuras que imitaban a los humanos, los llevaban en volandas, salieron de una de las calles que tenemos enfrente con un jaleo y estruendo impactantes. Se volvió a repetir a la madrugada, pero saliendo del arco de nuestra derecha, desapareciendo por nuestra izquierda, en la mañana y tarde siguientes volvió a ocurrir lo mismo, los humanos venían de los rincones más apartados de nuestro territorio. Mis padres nos dijeron que esto sucedía invariablemente todas las primaveras en luna llena.
Breve biografía del Padre Mateos.
Fuente: Hnos. Aguilar Pérez.
Otro día por las mismas fechas y al fino del anochecer, la pequeña explanada de ahí abajo se llenó de gente ondeando unas telas tricolores con franjas horizontales. Estaban reunidos para oír a uno de ellos cuya voz llenaba todo el aire, pero que no estaba allí; al terminar de hablar estallaron en una gran fiesta. En los días siguientes noté como algunos humanos miraban nuestros vuelos más de lo normal, especialmente el que llamábamos “amigo”, porque tenían una vestidura talar de color igual a nuestro plumaje, nos toleraba en esta su casa, subía de vez en cuando por aquí, llevando un pequeño tubo desplegable que ponía en su ojo derecho. También nos miraron largo rato los que llevaban un hábito marrón, vivían en la calle de la cuesta de enfrente, cuidaban de los más jóvenes de su especie. Nuestras vidas continuaron sin grandes sobresaltos, hasta que pasadas unas cinco primaveras en una tarde calurosa de verano, brumosa y tristona, se escucharon unas detonaciones en las casas más altas, donde ahora hay una chimenea mutilada en que vivió una pareja de cigüeñas.
Interior de la prisión del partido en Montoro. 1938. Fuente: A.G.A. Fototeca Pasión por Montoro
Esa misma tarde vinieron en camiones y trenes una gran muchedumbre vociferante de hombres de mono azul con pañuelos rojos anudados al cuello. La mayoría de los vecinos no salían de sus casas, miraban escondidos en ventanas y balcones, recelosos de lo que pudiera pasar. A punto de comenzar nuestra ronda diaria de caza, vimos como uno de los hombres de hábito marrón, el de cristales redondos en los ojos, salía a la calle y encaminaba sus pasos acera arriba, hacia el enorme edificio donde estaban las mujeres de pañuelo blanco en la cabeza; ellas también cuidaban amorosamente de hombre y mujeres, pero en este caso, ancianos. En el corto trayecto los de mono azul lo pararon y cachearon, cuando por fin pudo entrar en el gran patio, vimos desde lo alto como esas mujeres estaban muy alteradas y preocupadas. Al clarear del día siguiente, unos fuertes y secos golpes a la puerta de los del hábito marrón en la calle alta de enfrente, nos despertaron, seguidamente la rociaron con un líquido inflamable, tirando a su vez un fuerte petardazo que hizo saltar la puerta en mil astillas. Entre empujones y grandes voces los sacaron a todos a la calle; nunca más los volvimos a ver…
Pequeña biografía de Fray Jaime Carretero
Fuente: Hnos. Aguilar Pérez
Lo que vino después fue una gran guerra entre hombres como mis padres nunca habían visto. Algunos días aparecían unos enormes pájaros que dejaban caer pesados y oscuros objetos que hacían saltar en pedazos las casas, iban acompañados de un silbido y al final un gran trueno. Cuando los oían aparecer, el sonido metálico de aquí abajo se hacía ensordecedor, no quedaba ni un sólo hombre en la calle. Algunos de esos objetos caían en el agua del Río. En las cuatro o cinco primaveras siguientes los hombres no salieron a la calle en luna llena, la mayoría de las figuras que llevaban en volandas las habían arrastrado en esos días hasta la plaza y les habían prendido fuego, a otras las arrojaron al Río. Un día la muchedumbre incontrolada irrumpió en el edificio del gran tejado que tenemos contiguo, sacaron todo a la calle, prendiendo fuego con los papeles que estaban desperdigados por el suelo, luego llegaron algunos camiones, los pusieron a la entrada y montaron los enseres más valiosos que quedaban después del saqueo.
Interior de la Parroquia de S. Bartolomé Montoro. 1938.
Fuente: Archivo Municipal Sevilla. Fototeca Pasión por Montoro
Instalaron un gran escenario dentro del gran tejado; por las noches se oía música y rísas. Poco más tarde fue cuando se formaron enormes colas de hombres y mujeres frente a la gran puerta del edificio de nuestra derecha, repartían unos papelitos con tinta roja, la gente hacía grandes colas para hacerse con ellos. En lo más crudo del invierno, el pueblo entero fue evacuado desordenadamente a la Sierra, aquel que no quería marchar lo pagaba muy caro, así sucedió incluso con ancianos y mujeres. Fue la única vez que la aceituna no se recogió. Todo se llenó después de hombres de verde y marrón que instalaron una ametralladora debajo de nosotros, estaba enfrentada a otras que había en los cerros del otro lado del Río, los proyectiles impactaban en las piedras elevando una gran polvareda roja; fue cuando mataron a mis padres. Tuvimos que irnos nosotros también, pero Río arriba hacia donde nace el sol, a un antiguo edificio cuadrado de paredes lisas de piedra, de mucha menos altura que este, es donde vivimos desde entonces. En la orilla opuesta vemos igual que aquí la Sierra, con la diferencia de tener muy cerca las ruinas del mayor molino de todos los contornos. Recién llegados a nuestra nueva morada vimos como cientos de hombres uniformados atravesaban el olivar que la rodea, iban corriente abajo, se dirigían hacia aquí, por sus movimientos y lenguaje no conocían en absoluto el terreno que pisaban; la masacre y desbandada fue indescriptible, nos proporcionaron comida varias semanas.
Plaza del Charco de Montoro. 1940-44. Fuente: Fototeca Pasión por Montoro
Muy de vez en cuando volvíamos mis hermanos y yo por aquí, pues la muerte de nuestros padres nos dejó marcados para siempre. Vimos después de Guerra como la inmensa mayoría de los humanos pasaron hambre, muchos de ellos no pudieron ni siquiera contarlo, otros se marcharon lejos para no volver más. En el edificio de nuestra derecha, seguían haciéndose colas, también se daban palizas, se escuchaban los lamentos con claridad desde donde estoy ahora. Al anochecer, continuaban saliendo camiones con gentes gritando hacia el lugar donde los hombres llevan a sus muertos, sin duda los humanos se habían vueltos locos. 
Poco a poco los humanos se fueron normalizando y entrando en razón, incluso parece que toleran su entorno y a nosotros, que nos llama “animales”, algo más. Han vuelto a convivir en paz y armonía, pero no me fío de ellos, he visto tantas cosas… Además no he contado ni la mitad de lo que vi. 
Me anochece, me voy con vuelo lento. Tal vez volveré mañana…

3 comentarios :

  1. Martin Madueño Ramirez4 de febrero de 2013, 13:33

    Muy interesante el artículo, como todo lo que ponéis en el blog. Esperemos que nos sirva para no cometer de nuevo el mismo error.

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  2. Silvia Espino Notario10 de mayo de 2013, 13:42

    estremecedor articulo, duro relatar como vivir una guerra y como sobrevivir a la muerte de tus padres por esos hombres locos. Se cometieron tantas atrocidades que esperemos no se vuelvan a cometer mas.

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  3. Me ha dejado con la piel de gallina, no puedo ni imaginar por lo que pasaron mis abuelos, sus padres, hermanos, amigos... Ojalá algún día salga un libro con los relatos de las personas que pasaron por la guerra en Montoro, sucesos, lugares, sería interesante saber algo más y en primera persona

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