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martes, 2 de diciembre de 2014

La expansión del olivar montoreño a partir del S.XVIII: Las tierras de comunes

Familia montoreña durante la recogida de aceituna en la Sierra de Montoro
José Ortiz García
Cronista Oficial de Montoro
Hasta el XVIII no se produjo en la zona montoreña la repoblación masiva de nuevos olivares en zonas incultas o de baldíos, como resultado de los repartos masivos de tierras municipales que efectuó el Concejo de la villa entre sus vecinos.

Una vez que se conseguía el permiso oportuno para la cesión gratuita del terreno, sus propietarios llevaban a cabo el amojonamiento del mismo estableciendo montones de piedra encalados con objeto de distinguir mejor el deslinde efectuado . Tras ello se producía el desbrozamiento de la maleza y monte bajo presente en la superficie delimitada . La siguiente de las labores para el acondicionamiento de la tierra destinada a acoger el nuevo plantío olivarero, consistía en el arado y removido de la superficie para proporcionarle el aire suficiente que garantizara la germinación y crecimiento de las plantas recién sembradas. A todos estos trabajos se añadía el empleo extensivo de abonos naturales como era el estiércol animal de aves o mamíferos, el compuesto por restos vegetales procedente del humus o mantillo la hojarasca del chaparro u otros árboles del género Quercus, y las cenizas de la quema de las matas que resultaban tras el desbroce del terreno transmitido.
El olivo, un cultivo presente desde hace siglos, en esta toma se aprecia a la derecha la actual Avenida de Andalucía y
al fondo el Parque Virgen de Gracia.
La sembradura de las plantas se efectuaba principalmente por el sistema de estacas o palancas , consistentes en fracciones de ramas nuevas , rectas, vigorosas y leñosas, con yemas o brotes bien visibles que se introducían en unas pozas rellenas de estiércol donde se enterraba toda la vareta excepto el ojo o yema superior que debía quedar a flor de piel para su crecimiento. Estas oquedades solían presentar unas medidas aproximadas de unos cuarenta centímetros de profundidad por cincuentade anchura. Una vez que se colocaba el tallo, se regaba con abundante agua para que se produjese el agarre propicio del mismo. Tenemos constancia que en el siglo XVIII algunos vecinos de la zona se dedicaban al hurto de estacas de olivo una vez que éstas habían conseguido agarrar en el terreno, lo cual llevó al Concejo de la villa a redactar un reglamento protector de las heredades de siembra, entre las que se encontraba la protección de las estacas recién sembradas de olivo.
Otra modalidad de repoblación consistía en el uso de los injertos de acebuches . Los injertos no eran más que meros trasplantes de una porción de corteza nueva de olivo de cultivo sobre el árbol silvestre. Esta planta secundaria se conocía como patrón o principal, y servía de base de apoyo a la hora de proporcionar los nutrientes necesarios para el nuevo brote, mientras que la primera era la portadora de los caracteres genéticos que interesaban al agricultor. Se practicaban dos modalidades de injertos en la época. Por un lado el llamado de lengüeta o canutillo , consistente en la introducción y fijación de un trozo de piel de olivo con varias yemas debajo de la especie patrón, cortando éste por encima de la zona de injerto cuando los brotes se habían desarrollado con éxito. Otra modalidad consistía en la inserción de una pequeña pértiga con varias gemaciones en un corte horizontal efectuado sobre el principal.
Vista aérea de Montoro
Sea cual fuere la forma empleada para sembrar las nuevas plantas de olivo, era común que éstas germinasen con multitud de vástagos que había que eliminar durante los tres primeros años de vida para evitar que la planta quedase desmedrada. Gracias a este clareo inicial el olivo comenzaba a adquirir más grosor en las sierpes previamente seleccionadas que solían quedar entre los seis y tres retoños. Una vez elegidas, el agricultor seleccionaba aquella que le parecía más adecuada para predestinarla a guía del árbol.
Hasta el siglo XVIII, la siembra de los olivares en la zona de Montoro no presentaba ningún orden previo en hileras, exceptuando una pequeña porción de olivos dispuestos en once hiladas cercanos a las Cruz de Ardales.
Esto dificultaría en buena parte los trabajos que se realizaban en el arbolado, sobretodo en época de quema de los restos de ramaje del propio olivo, ya que la mala disposición del olivar ocasionaría innumerables daños en las ramas como consecuencia del fuego debido a la carencia de claras y espacios destinados a este menester.
Vista de la zona del Llanete de los Moros de Montoro
La importancia de estas nuevas plantaciones hizo necesaria la aplicación de unas medidas protectoras que evitasen cualquier menoscabo en el arbolado aún inmaduro, ya que éste suponía un bocado exquisito para el ganado viandante por los numerosos caminos de carne y veredas destinadas a la circulación y paso de este tipo de animales. Los daños principales consistían en la pérdida de los nuevos brotes del olivo, conllevando el atraso en el crecimiento de la postura. Sabemos que muchos de los vecinos hicieron oídos sordos a esta nueva normativa del Concejo de Montoro, lo que ocasionó que en el último cuarto del siglo XVIII se cursaran multitud de denuncias por los guardas rurales. Hoy en día son los mejores testimonios sobre esta problemática que se conservan en el Archivo Histórico Municipal de Montoro, siendo la mayor parte de los mismos relativos a propietarios de nuevos plantíos que se querellan contra personas que no respetaban las ordenanzas locales. Por lo general, los culpables de estos destrozos eran los ganaderos de ovino y vacuno , y los arrieros.

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